Desde que tenía 5 años un título rondaba mi cabeza con la idea de convertirse algún día en cuento. “Las princesas tristes” era encuadernado cada año con una portada nueva y algunos párrafos que sucedían al clásico ‘Érase una vez…’ sin llegar a ser terminado nunca. Sin embargo, años más tarde conocí a unas princesas que fueron tristes y felices y me di cuenta de algo. Creo que es hora de desenterrar esta historia…

Había una vez una princesa muy especial, trabajadora, comprometida con el mundo y con la vida. Esta princesa vivía con un Rey, su padre, que tenía mucho mucho poder y se ajustaba a valores tradicionales. La vida en el castillo era complicada porque la familia Real no comprendía que la princesa tenía una forma diferente de amar.

La princesa de este cuento amaba a las personas, por lo que eran, no por lo que parecían. Esto no siempre era del agrado de todos, sobretodo cuando la princesa amaba a otras princesas. A pesar de todo la princesa se sentía libre y con derecho de serlo, porque aunque le dijeran lo contrario, amar con el corazón no era nada malo. La princesa sufría por no poder ser como ella se sentía y se escondía para que nadie la obligara a cambiar.

Un día, la princesa triste de nuestro cuento, conoció a otra princesa que venía de un reino muuuy lejano, más allá del mar. Pronto las princesas se hicieron amigas, pues creían en un mundo parecido y a la vez muy diferente a los ojos del resto. Creían en la justicia, la utopía, la libertad y todos esos valores intangibles que las almas nobles buscan como horizonte para caminar. Se sentían muy agusto juntas y sin quererlo, se enamoraron.

La princesa triste comenzó a dejar de serlo y las sonrisas se pintaban en su cara cada mañana. Jugaban a escondidas para que nadie las molestara, camuflando de amistad lo que en la intimidad quemaba. Poco a poco el hielo de un corazón obligado a ocultarse se fue derritiendo a causa del calor que producía el valor de amar libremente sin reparar en los ojos de la intransigencia social. El mundo parecía empezar a ver y comprender aunque sin mirar demasiado. A la princesa triste, que ya no estaba triste, le crecieron las alas y quiso echar a volar. Pero el fuerte aleteo y el terremoto que despertaba su corazón asustaron a la princesa del ultramar, que no se atrevía a amar del todo por miedo a lastimarla. Y las correas del corazón se le hicieron duras. La libertad parecía más lejana.

La princesa que ya no era triste se entristeció de nuevo, pero del llanto sacó la fuerza para gritar y mostrar su valentía. Quería vivir, amar, compartir y aprender de otros reinos de la mano de la princesa extranjera, así que poco a poco y con dulzura le enseñó que las cadenas sólo sirven para oscurecer el alma. Y decidieron llenarla de luz. Se olvidaron de la incomprensión, del odio, de la sinrazón del pensamiento humano. Desgraciadamente se olvidaron también de la realidad, y es que a pesar de que juntas vivían un sueño, se separaron demasiado del suelo y olvidaron los planes que el reino tenía para la princesa.

El Rey comenzó a percatarse de que la Princesa desaparecía durante mucho tiempo y no daba explicaciones, no entendía la sonrisa que pintaba su cara ni las razones que la llevaban a abandonar su condición de princesa que espera la llegada de su príncipe. Dedujo que el sendero que la princesa llevaba era diferente al de sus planes de reinado y mandó un guardia para que vigilara sus actos y compañías. Un día el guardia real encontró juntas a las princesas y se lo hizo saber al Rey. Morado de rabia la mandó llamar, haciéndola creer que algo grave ocurría en palacio. La princesa, que amaba también a su familia, acudió a la llamada. Su padre la esperaba dispuesto a aleccionarla en la moral que el creía adecuada y la encerró en la torre más alta del castillo, dónde la princesa del ultramar no pudiera encontrarla.

La princesa extranjera la buscó en cien mil rincones hasta que conoció su suerte. Arriesgada exploró todos los medios para salvarla y hacerla libre de nuevo. Sin embargo, no tardó en recibir serios consejos para abandonar la búsqueda y lloró sabiendo que el poder del Rey era supremo e incombatible.

Pasaron los meses y la princesa se volvió triste de nuevo. Nadie supo lo que sufrió en su reclusión, lo que se sabe es que ya nunca regresó junto a la princesa del ultramar.

A pesar del triste final de esta historia, la princesa del otro lado del mar no la olvidó jamás. Con cada historia sigue clamando justicia por aquellas que buscan ser libres amando a las personas por quiénes son y no por lo que parecen.

Por todo ello siempre preferiré las princesas felices.

las princesas felices rec

Les dejo una canción muy bonita que nos recuerda que hay muchas maneras de amar: “Nadie me dijo nunca – De espaldas al patriarcado” http://www.youtube.com/watch?v=QcoVM3hNfHE

Anuncios