El océano que separa mi alma crece con cada recuerdo, se ahoga en nostalgia. Parada, pero no de pie, se atora, atraganta un nosequé.

La quijotera parece expandirse aumentando la presión dentro de un cráneo cerrado que no entiende de molinos, ni de gigantes, ni de sueños, ni elefantes.

Qué sé yo, si todo me vino hecho.

Me arden las experiencias de un camino andado, descalza y sintiendo. Se tornan ahora en aséptico y descafeinado discurrir de inercias. Beatas, castas, puras y tristes. Yo las quiero más putas y apasionadas, más libres y sensuales.

¡Qué me pican las entrañas, mi doña! ¡Qué se aturullan los sueños en mi cama!

Tremendo nudo el que me ata la garganta, que ni pa’ atrás ni pa’ lante se masca.

¡Ay, Victoria! Que ya no eres afortunada, o no te sientes, teniéndolo todo. Desagradecida.

Se secaron los colores de tu paleta y aquí nuay aceites que la rieguen en infantil travesura. Aquí nomás hay carbón y blanco manchado, que el color bien se esconde y si no se apaga.

El tiempo se hace bien largo, pero si lo necesitas, ¡ay, Victoria! bien se marcha. O te juega, o te burla y te engaña.

Ni gana ni maña, no hay luna. Ni conejo que se críe. Desde aquí no se ven estrellas que acompañen a la dama del rostro triste.

¿Y mi rosa? La que me regalaba la Aurora, la que me ofrece la chulona que se recuesta en la blanca mirándome en la mañana, y en la noche. Ella no se cansa, pero no es ángel tampoco desos que cuidan y velan tus sueños.

 

Pues ya valió el llorar, ya cansa. Pero ni el agua espabila a quien tarde se levanta.

 

Pepenadora de sueños/Ladamedeglace/Victoria Mayapán

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